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A medias

El aire se ha vuelto denso, casi fósil, pétreo, como si el tiempo se hubiera quedado a dormir la siesta sobre los tejados. Afuera, el sol no ilumina: pesa. Cae como una manta invisible y caliente que doblega mis cortinas, amortigua los ruidos de la calle y convierte cualquier atisbo de movimiento en una audacia innecesaria. Hoy la ambición es un lujo ridículo. Mover un dedo requiere una negociación secreta con el aburrimiento; levantarse del sofá, un acto de fe. Es mejor dejarse vencer. Que el ventilador gire con su ritmo cansino de faro desorientado, contando los segundos de esta parálisis dorada. Hay un extraño confort en la desidia cuando el termómetro manda. En no querer nada, en no esperar nada, en no buscar nada, salvo quizás esa brisa imprevista que se cuela por la ventana como una promesa que nunca se cumple del todo, pero que basta para seguir respirando.

Toxicidades

Las relaciones humanas de cualquier índole que se desarrollan "a distancia" siempre han tenido un sabor romántico y novelesco. Aquellos relatos, como el de un farero solitario que una vez recoge una botella en la playa que contiene en su interior el mensaje de alguien con quien poder cartear, nos llenan de emoción y nos conmueve cuando el relato finaliza, años epistolares después, con el encuentro enamorado de dos seres antes distantes.
Pero, mucho me temo que en la actualidad y con las enormes facilidades de las que la tecnología nos provee, la cuestión romántica queda relegada a la categoría de rara avis. Y es que son tantos los equívocos que surgen por esas comunicaciones faltadas de  mensajes corporales, de las miradas, de los tonos de voz, etc. que no queda más remedio que reconocer que este, las relaciones, (amistades, parejas, tratos comerciales, negocios, grupos de afinidades...) es un terreno lleno de dificultades.



Y aun así y a pesar de todo, con el paso del tiempo se aprende. Se afina. Y curiosamente, creo muy seriamente, que en esto, entra en juego la intuición. Ese extraño "superpoder" que te va alertando día a día, paso a paso, circunstancia a circunstancia. 
Un ejemplo que puedo contar es una relación tóxica que ya desde un buen principio,  me hizo vibrar las antenas. Una persona a la cual no le deseo nada malo, reaccionó a un comentario mío en su blog de una forma que me dejó totalmente sorprendido. Buscó el apoyo de sus "coristas" y me dejaron verde. Luego, ya ni recuerdo por qué razón, el ambiente se fue suavizando. De esa persona puedo decir que varias veces me ha consultado cuestiones relacionadas con el blog y le he ayudado en lo que modestamente he podido. Pero, maldita sea, ¿por qué será que cuando me ha agradecido —que no siempre— me he quedado con la exótica sensación de que tenía que ser yo el que le diera las gracias por poder ayudarle?
Dos años después ha vuelto a ocurrir. Malinterpreta un comentario que no tenía ninguna intención de ofensa y cuando le digo que "lea despacio", interpreta que le digo que "no sabe leer" y monta en cólera.
Es esa intuición de la que hablaba la que me susurra que detrás hay algo que no sé. Pero después de tantos encontronazos como ha habido, ya no lo quiero saber.

Como nos pregunta Pepe Mujica en su último mensaje previo a su fallecimiento:
¿En qué quieres ocupar este tiempo, que el milagro de la vida te ha concedido para estar aquí?
En toxicidades, desde luego, yo no. Ahora me siento aliviado. Sigamos.


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