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A medias


El aire se ha vuelto denso, casi fósil, pétreo, como si el tiempo se hubiera quedado a dormir la siesta sobre los tejados. Afuera, el sol no ilumina: pesa. Cae como una manta invisible y caliente que doblega mis cortinas, amortigua los ruidos de la calle y convierte cualquier atisbo de movimiento en una audacia innecesaria.
Hoy la ambición es un lujo ridículo. Mover un dedo requiere una negociación secreta con el aburrimiento; levantarse del sofá, un acto de fe. Es mejor dejarse vencer. Que el ventilador gire con su ritmo cansino de faro desorientado, contando los segundos de esta parálisis dorada.
Hay un extraño confort en la desidia cuando el termómetro manda. En no querer nada, en no esperar nada, en no buscar nada, salvo quizás esa brisa imprevista que se cuela por la ventana como una promesa que nunca se cumple del todo, pero que basta para seguir respirando.

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