L as relaciones humanas de cualquier índole que se desarrollan "a distancia" siempre han tenido un sabor romántico y novelesco. Aquellos relatos, como el de un farero solitario que una vez recoge una botella en la playa que contiene en su interior el mensaje de alguien con quien poder cartear, nos llenan de emoción y nos conmueve cuando el relato finaliza, años epistolares después, con el encuentro enamorado de dos seres antes distantes. Pero, mucho me temo que en la actualidad y con las enormes facilidades de las que la tecnología nos provee, la cuestión romántica queda relegada a la categoría de rara avis. Y es que son tantos los equívocos que surgen por esas comunicaciones faltadas de mensajes corporales, de las miradas, de los tonos de voz, etc. que no queda más remedio que reconocer que este, las relaciones, (amistades, parejas, tratos comerciales, negocios, grupos de afinidades...) es un terreno lleno de dificultades. Y aun así y a pesar de todo, con el paso del tiempo...
Hay una de las rayitas en la escala del termómetro a partir de la que la fuerza de voluntad simplemente se evapora. Da igual cuántas listas de tareas pendientes hayas preparado o cuánto café te hayas tomado: Cuando el aire se vuelve denso y el mercurio supera cierta frontera invisible, la mente se declara en huelga. El calor no solo incomoda; desmantela la capacidad de pensar con claridad.
Trabajar con calor extremo es como intentar correr un maratón sumergido en una piscina de melaza. Las ideas, que en condiciones normales fluirían con agilidad, se vuelven pesadas, lentas y borrosas. Aparece ese "embotamiento" característico: Una especie de niebla mental donde releer el mismo párrafo tres veces no garantiza haber entendido nada, y tomar la decisión más simple requiere un esfuerzo titánico.
Es la rebelión del cerebro.
Nuestro cerebro, el humano, es un gran consumidor de energía, pero ante el calor extremo cambia radicalmente sus prioridades. En lugar de procesar información, redactar correos o resolver problemas complejos, la biología desvía casi todos sus recursos a un objetivo primordial: evitar que te sobrecalientes.
Y esto se traduce en varios síntomas inevitables durante la jornada:
La atención dispersa. Miras fijamente la pantalla mientras la mente busca desesperada una brisa inexistente. Y aparece el agotamiento prematuro: Sientes la sensación de llevar diez horas trabajando cuando apenas ha pasado una.
Y entonces entras en un bucle de la lentitud; abres y cierras documentos sin saber muy bien por dónde empezar, miras imágenes sin ver su contenido. No observas, solo miras.
Al final del día, la fatiga acumulada es idéntica a la de haber completado una maratón intelectual, aunque el resultado real haya sido mínimo o directamente cero. No es falta de disciplina ni pereza; es pura termodinámica humana.
Así que, si notas que tus neuronas nadan a contracorriente, no te culpes: Al calor no se le combate con exigencia, solo se le sobrevive.
Tomémoslo con calma; como se decía antaño: Ya llegará septiembre. (Ahora, mejor hablar de octubre como mínimo).
Eso de mirar y no ver -observar, escudriñar, deducir de un aimagen, etc.- conviene practicarlo hasta por inercia. Ayuda a descansar. La mente.
ResponderEliminarEstá haciendo mucho calor, mucha humedad, y ha empezado antes.
ResponderEliminarNo puedes imaginar la tranquilidad que me da leer tu entrada. Le achacaba a la vejez, esta extraña dejadez, y este no "quedarse" con nada de lo que se observa o escucha.
ResponderEliminarDejaré para el invierno, algunas de las novelas, de las que he sido incapaz de pasar de la página 10. Esperemos que haya suerte.
Yo, con 77 años (el 20 de agosto), me considero bastante lector (ficción poca) y te aseguro que a los 5 minutos de leer, me viene un sueño que temo que algún día va a seguir de lo más parecido a un rigor mortis.
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