También, como hoy, era sábado. Seguramente algún Federico, Emiliano o Rufilo se disponía a celebrar su onomástica. En algunos lugares era día de mercado. Hacía calor; quizás no tanta como hoy. 

Una extraña tensión se notaba en el ambiente. Los adultos hablaban casi susurrando. Las mujeres, en un raro silencio, se disponían para la compra. Entonces, los fines de semana empezaban los sábados, después de las dos del mediodía.

Olor de azufre en el aire. Alguien innombrable estaba a punto de abrir la puerta del infierno. Muchos nos preguntamos, noventa años después, si no sigue abierta.